martes, 18 de septiembre de 2012

Cuando la lectura aburre...




Cuando la lectura aburre hay que caminar, dejar los renglones del papel, para dar un salto a los terrenales de la calle. Hoy, me he aburrido de leer, de seguir los caminos de otro, de pensarlos, y de dejarme llevar por los derroteros de una imaginación que no era la mía. Hoy, he preferido caminar yo. He preferido descubrir lo mío, lo nuestro y lo de todos… y deambular dejándome llevar por las calles sin rumbo, para encontrarlo sin saberlo, y terminar donde acabé. Me ha llevado… seis horas. Con café, con descanso, con camino, con comida, y con descubrimiento y viaje por nacer. Y es que he navegado entre culturas y lugares distantes, paseando entre la diferencia de compartida similitud. 

Sin saber cómo, los vientos han virado mi rumbo por calles rebosantes de gentes con sombrero, tirabuzón, y libros diferentes al mío. ¿Los podré leer? Inglés de acento complejo, idiomas de lejanos lugares, pero cerca y a mi lado.

Nueva York sigue sorprendiendo, y deambular por sus calles se convierte en viajes gratuitos por los documentales de la 2. Hoy he estado por Europa del éste, o por Israel, o por Brooklyn, qué se yo… Las mujeres llevaban faldas negras con blusas blancas, y los hombres sobreros, que dicen los periódicos, son de Sevilla. ¡Qué cosas tiene este mundo tan pequeño! ¿Y si me canto unas sevillanas? No. Eso yo no sé si la ortodoxia judía quizás lo tomase con humor… 

Y tras volver a salir del éste sin visado, y adentrarme en las calles de un pasado industrial, he visto cabezas moviéndose por una azotea de ladrillos rojos.- ¿Puedo entrar? –Sí- ¿Qué es esto?-Un hotel y un bar arriba.-Bien.- Y en un abrir y cerrar las puertas de un moderno ascensor, estaba frente a Manhattan, el Empire State, el edificio Chrysler y una puesta de sol digna del Serengueti. Hoy escribo las lineas de mi libro yo, y los pasajes son vivencia para el recuerdo en imaginación de otros. 

I love NY. ¿Te vienes?




sábado, 2 de junio de 2012

De Palabras...



   De qué escribir, pues no lo sé. A veces me siento en un abismo de aburrimiento, sólo, difuso, inventándome cada momento para mantenerme anclado en este universo. ¿Escribir será un canal? Quizá, pero un canal hacia dónde. Un canal para qué… Me encantaría empezar a escribir, seguir, y embarcarme en una corriente invisible hacia algún derrotero emocionante, para de pronto encontrarme preso de mis palabras fluyentes, y en una catarata de emociones palpitando hacia el exterior. Quizá entonces escribo por eso; para poner puertas y salidas al torrente de emociones atrapadas en mi interior. Quizá es mi arma arrojadiza a la soledad de Nueva York, a la soledad entre millones, a la soledad de la multitud. Dicen que la música amansa a las fieras… Las palabras entonces acarician el alma. 

   Escribo entonces por eso, para acariciar el alma, mi alma, y lanzar suaves susurros leídos a lectores ajenos, acariciando así las suyas. El problema es que me canso, que comienzo y me retiro veloz sin ideas, sin motor, sin llama que encienda el guión atrapado. El problema es que escribo, pero no escribo para leerme, porque si me leo me corrijo, y si me corrijo me cambio, y si me cambio no escribo, porque al cambiarme me corrijo y me encuentro donde empecé. ¿Entonces escribo para ser libre? ¡Quizá! Qué paradoja entonces… escribir para ser libre, y no hacerlo para no corregirme y sentirme prisionero. Bendita y maldita libertad. La tienes, y a la vez estás atado a ella.

domingo, 15 de enero de 2012

Permiso de Circulación

Quizá me compre uno. Pero si así hago… ¿Lo sabré usar? Manejar los más grandes debe ser harto complicado. Me tengo que informar.

Quizá he de sacarme un permiso de circulación que desconozco. Esto está regulado. Desde luego para navegar por el Bronx, u otros barrios atestados de Nueva York, uno tendrá que tener algún tipo de control sobre lo que hace, o algún tipo de noción para no chocar sin remedio. ¡Seguro que hay cursos! La velocidad, es un gran riesgo. Ya lo dicen todas las campañas de tráfico.

Primero, he de estar fuerte, pues quienes no lo son, están abocados al fracaso; de eso estoy seguro. Si llevo gorra…Hmm… En realidad no sé si es preciso, pero si es así, cuanto menos, ha de conservar las pegatinas de autenticidad de la tienda. La visera: plana.

Los hay de todos los tamaños, y de varias formas, pero los pequeños no merecen la pena. Caballeros… ¡Atentos! Señoritas… ¡Cuidado! ¡Me voy a comprar un medallón!

He visto tantos, que me tienen intrigado. Los hay de oro o plata, gigantes, con el nombre incrustado en diamantes. Los hay en forma de cruz, que deben pesar lo menos como un paquete de arroz, y a veces pienso que estamos a punto de Semana Santa; y los hay originales, con forma de tableros de baloncesto, con aro y todo. ¡Y hasta con red hecha de cadenas diminutas que van meciéndose! Pero me da a mí… Me da a mí en el olfato de antropólogo inocente, que aunque en las tiendas venden quilates, con la transacción compran poder. Y estoy pensando, que para algunos, es el utensilio sustitutivo del gimnasio, pues para caminar con eso al cuello, o hacen pesas, o van incrementando el peso con el tiempo. Estoy seguro. No hay otra forma. 

Uno se ha de balancear de lado a lado, cual vaquero sin espuelas, y estoy convencido que es un ejercicio de equilibrio complicadísimo. Es más, seguro que si a alguno se le rompiese la cadena a destiempo, entraría en un estrépito a través de un escaparate. ¡Va a ser que quizá por eso las cadenas son tan gordas! Es una medida de seguridad, está claro.

Quizá entonces, comprarme un medallón es una aventura que implica demasiados riesgos.  Hmm… Vaya, pero también camino sin gorra, y balancearme de lado a lado como empujado por una brisa suave y alterna, no tiene el mismo estilo sin unos brillantes meciéndose a mi vera. Buaff, va a ser, que mejor me resigno y monto en bici.

I love NY.