domingo, 13 de noviembre de 2011

Estaciones

   Ruido, luces, música, tráfago incesante de desconocidos; poca conversación, distancia, cercanía, multitud y antípodas unidas. Así es el metro de Nueva York, cada día inundado por miles de almas desconocidas, muy juntas, pero desconocidas, y entre el barullo balbuceante de la vida, y el sonido metálico de los vagones, nos lanzamos a los lugares más diversos de la geografía metropolitana. Yo voy al Bronx… ¿Pero el resto donde irán? 

    Está el individuo con traje que huele a colonia cara, la mujer con tacones de estilo ejecutivo, el estudiante asiático con su iPhone tarareando música al aire, mientras menea rítmica su cabeza; y la chica del pintalabios rojo-bermellón, que mueve los dedos sobre la barandilla del vagón como si tocase la flauta, mientras dos niñas pequeñas, de color, la miran entusiasmadas y se comen una pizza. Hay sonrisas, hay seriedad, hay dignidad, y hay tristeza… y a medida que avanza mi vagón por la geografía alargada de esta ciudad, me zambullo en un universo multicolor, y los transeúntes van cambiando el suyo. 

   En minutos salimos a la luz, y veo ya los rascacielos; tremendos hitos en el horizonte urbano, y por la ventana del vagón, pasan las vigas de acero que estructuran el puente. En la distancia, la estatua de la libertad, mirando a la desembocadura del Hudson, entre lluvia, sol, viento, o nieve. Más cerca, el puente de Brooklyn, a quien le cambian ahora los vendajes de lona para devolverle a su antiguo lustre. El agua está picada. Hoy hay viento. Un water taxi cruza el rio, es amarillo, y probablemente lleno de gente como yo, cada uno en su mundo, pero a la vez parte de otro compartido. Tan lejos, y tan cerca unos de otros. 

   Nos acercamos a la megalópolis, y el tren se inclina para enterrarse de nuevo entre las raíces de los edificios del mundo urbano. Nos regala antes las últimas vistas del comienzo del barrio chino, y sus carteles de pictogramas. Una mujer tiende ropa sobre el tejado de un edificio decadente. Tras ella, un muro de ladrillo cubierto de grafiti; y tan pronto como salimos a la luz, volvemos a entretejernos entre los cimientos, y los ojos se tornan huidizos o distantes, pues no encuentran su vía de escape en el horizonte. Estamos bajo tierra, y por las ventanas pasan, como relámpagos, las luces que marcan el muro del túnel gusano.

   Llegan las estaciones, se van las estaciones, y entran y salen mis tocayos urbanitas desconocidos. Se abren las puertas, se cierran, un tipo las bloquea y vuelve a abrir de un empujón para entrar. El conductor le llama la atención, y la vida continua. 

    Y por fin llega el momento de volver a la luz, y cada cual emprende su camino escaleras arriba, hacia la salida en una cuidad envuelta de las hojas de otoño; porque a pesar del cemento, de las raíces, de los grafitis, y de un mundo de desconocidos cercanos, las estaciones en Nueva York siguen pasando.