Ruido, luces, música, tráfago incesante de desconocidos; poca conversación, distancia, cercanía, multitud y antípodas unidas. Así es el metro de Nueva York, cada día inundado por miles de almas desconocidas, muy juntas, pero desconocidas, y entre el barullo balbuceante de la vida, y el sonido metálico de los vagones, nos lanzamos a los lugares más diversos de la geografía metropolitana. Yo voy al Bronx… ¿Pero el resto donde irán?
Está el individuo con traje que huele a colonia cara, la mujer con tacones de estilo ejecutivo, el estudiante asiático con su iPhone tarareando música al aire, mientras menea rítmica su cabeza; y la chica del pintalabios rojo-bermellón, que mueve los dedos sobre la barandilla del vagón como si tocase la flauta, mientras dos niñas pequeñas, de color, la miran entusiasmadas y se comen una pizza. Hay sonrisas, hay seriedad, hay dignidad, y hay tristeza… y a medida que avanza mi vagón por la geografía alargada de esta ciudad, me zambullo en un universo multicolor, y los transeúntes van cambiando el suyo.
Nos acercamos a la megalópolis, y el tren se inclina para enterrarse de nuevo entre las raíces de los edificios del mundo urbano. Nos regala antes las últimas vistas del comienzo del barrio chino, y sus carteles de pictogramas. Una mujer tiende ropa sobre el tejado de un edificio decadente. Tras ella, un muro de ladrillo cubierto de grafiti; y tan pronto como salimos a la luz, volvemos a entretejernos entre los cimientos, y los ojos se tornan huidizos o distantes, pues no encuentran su vía de escape en el horizonte. Estamos bajo tierra, y por las ventanas pasan, como relámpagos, las luces que marcan el muro del túnel gusano.
Llegan las estaciones, se van las estaciones, y entran y salen mis tocayos urbanitas desconocidos. Se abren las puertas, se cierran, un tipo las bloquea y vuelve a abrir de un empujón para entrar. El conductor le llama la atención, y la vida continua.