De qué escribir, pues no
lo sé. A veces me siento en un abismo de aburrimiento, sólo, difuso, inventándome
cada momento para mantenerme anclado en este universo. ¿Escribir será un canal?
Quizá, pero un canal hacia dónde. Un canal para qué… Me encantaría empezar a
escribir, seguir, y embarcarme en una corriente invisible hacia algún derrotero
emocionante, para de pronto encontrarme preso de mis palabras fluyentes, y en
una catarata de emociones palpitando hacia el exterior. Quizá entonces escribo
por eso; para poner puertas y salidas al torrente de emociones atrapadas en mi
interior. Quizá es mi arma arrojadiza a la soledad de Nueva York, a la soledad
entre millones, a la soledad de la multitud. Dicen que la música amansa a las
fieras… Las palabras entonces acarician el alma.
Escribo entonces por eso,
para acariciar el alma, mi alma, y lanzar suaves susurros leídos a lectores
ajenos, acariciando así las suyas. El problema es que me canso, que comienzo y
me retiro veloz sin ideas, sin motor, sin llama que encienda el guión atrapado.
El problema es que escribo, pero no escribo para leerme, porque si me leo me
corrijo, y si me corrijo me cambio, y si me cambio no escribo, porque al
cambiarme me corrijo y me encuentro donde empecé. ¿Entonces escribo para ser libre?
¡Quizá! Qué paradoja entonces… escribir para ser libre, y no hacerlo para no corregirme
y sentirme prisionero. Bendita y maldita libertad. La tienes, y a la vez estás
atado a ella.