sábado, 2 de junio de 2012

De Palabras...



   De qué escribir, pues no lo sé. A veces me siento en un abismo de aburrimiento, sólo, difuso, inventándome cada momento para mantenerme anclado en este universo. ¿Escribir será un canal? Quizá, pero un canal hacia dónde. Un canal para qué… Me encantaría empezar a escribir, seguir, y embarcarme en una corriente invisible hacia algún derrotero emocionante, para de pronto encontrarme preso de mis palabras fluyentes, y en una catarata de emociones palpitando hacia el exterior. Quizá entonces escribo por eso; para poner puertas y salidas al torrente de emociones atrapadas en mi interior. Quizá es mi arma arrojadiza a la soledad de Nueva York, a la soledad entre millones, a la soledad de la multitud. Dicen que la música amansa a las fieras… Las palabras entonces acarician el alma. 

   Escribo entonces por eso, para acariciar el alma, mi alma, y lanzar suaves susurros leídos a lectores ajenos, acariciando así las suyas. El problema es que me canso, que comienzo y me retiro veloz sin ideas, sin motor, sin llama que encienda el guión atrapado. El problema es que escribo, pero no escribo para leerme, porque si me leo me corrijo, y si me corrijo me cambio, y si me cambio no escribo, porque al cambiarme me corrijo y me encuentro donde empecé. ¿Entonces escribo para ser libre? ¡Quizá! Qué paradoja entonces… escribir para ser libre, y no hacerlo para no corregirme y sentirme prisionero. Bendita y maldita libertad. La tienes, y a la vez estás atado a ella.